Con final feliz

Jennifer Del Río


DIFERENCIAS

2016-08-30

El psicólogo Albert Ellis (1913-2007), creador de la influyente psicoterapia Racional Emotivo Conductual, de las más beneficiosas en la actualidad, enseñaba entre sus distintas técnicas, la filosofía de la Aceptación Total para ayudar a sus pacientes a lograr una vida más armoniosa: aceptación total de uno mismo, de los demás y de las circunstancias de la vida.

Hoy en día, parece ser que esa filosofía está muy lejos de formar parte de nuestra vida, ya que nos cuesta mucho aceptar, y no sólo eso, sino también respetar las creencias de los demás. La tendencia a estarnos siempre comparando y vivir en una lucha constante por afirmar que sólo nuestra forma de pensar es la correcta, ha llegado a ser lo que conduce la existencia. 

Ejemplo de esto son el racismo y la violencia, así como el bullying en las escuelas. Pero las relaciones interpersonales no se quedan fuera, muchas veces queremos imponer nuestra manera a los demás.

ABSURDO

Un aspecto importante que pudiéramos conocer para evitarnos caer en actitudes negativas, sería entender que todos somos distintos. Cada persona es única, todos tenemos gustos diferentes, fuimos educados de manera diferente, nuestra niñez fue diferente, nuestras vivencias lo fueron, nuestra familia y composición genética, es distinta. Fuimos forjados de maneras diferentes. Sumando todos estos factores, llegamos a la simple y lógica conclusión: nuestras costumbres, objetivos y forma de ser es particular. Es absurdo esperar que alguien piense exactamente como uno.
Cuando llegamos a comprender esto, la vida empieza a ser menos agobiante. Aprendemos a ser más tolerantes y pacíficos.

DEBER O DESEAR

Ellis enfatizaba también otro aspecto muy importante y necesario para lograr un estado de vida más relajado y feliz, que era el cambiar de nuestra mente los “debo hacer” por “deseo hacer”, que son dos cosas muy diferentes, una demanda y la otra es placentera. Afirmó que el ser humano se impone injustamente a sí mismo el buscar un estado de perfeccionismo irreal, que termina llevándolo a un estado de ansiedad o tristeza, por no poder lograrlo.

Es válido ponerse retos y metas, pero alcanzables y reales. No es justo, ni sano, el martirizarse por querer ser igual o mejor que otro. Uno mismo ya es bueno, valioso y diferente. Esto sería más visible si nos enfocáramos en nuestras cualidades y menos en compararnos, establecernos  objetivos personales (no impuestos por otros)  que nos den felicidad y nada más que eso. 


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